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La Bendición de ser Hijos de Dios

 

Sin duda estamos inmersos en una sociedad deteriorada en la cual observamos cada vez más la inmoralidad, pérdida de buen juicio y falta de amor. Somos parte de un medio competitivo, en donde nos sometemos o somos sometidos a un clima de presión constante para ser mejores que los demás. En nuestros trabajos, colegios y universidades somos testigos de realidades desoladoras como consecuencia del quiebre y desunión que viven las familias. Cada segundo alguien muere de hambre, es víctima de homicidio o simplemente decide terminar con su vida al no encontrar solución a sus problemas. Nos desarrollamos en un mundo del que francamente podemos esperar cualquier cosa.

Como hijos de Dios experimentamos las mismas dificultades, problemas y sufrimientos que los que no lo son, pero debemos tener presente que Dios no nos promete una vida llena de buenos momentos, es más su palabra nos dice “en el mundo tendréis aflicciones”. Como seres humanos no podríamos apreciar y valorar la felicidad o plenitud sin pasar por altos  y bajos. Y ante esta realidad podemos hacernos la siguiente pregunta ¿Vale la pena creer y seguir a Cristo si experimento los mismos padecimientos que un no creyente? La respuesta debería ser clara en nuestros corazones ¡Si, vale la pena! Lo más importante es que desde el momento en que somos llamados hijos de Dios tenemos la esperanza bendita de un día poseer un cuerpo transformado e incorruptible y gozar por la eternidad.


Siendo conocedores de las maravillas de nuestro Señor Jesucristo, y habiendo experimentado en nuestras vidas sus milagros, debemos tener la clara convicción de que en los momentos de mayor dificultad Él nos socorre y es quien renueva nuestras fuerzas y ánimo cuando ya no podemos más. Esto nos diferencia del mundo ya que depositamos nuestra confianza en alguien que no vemos y somos bendecidos al creer en Él.


Lo esencial es mantener una constante comunicación con nuestro Señor y que sea conocedor de todas nuestras dificultades y pruebas, no lo consideremos como opción cuando ya no vemos escapatoria a lo que nos agobia, él es quien debe ser la prioridad en nuestros pensamientos y diario vivir. A pesar de todo lo que vivamos debemos ser agradecidos con nuestros Señor, tanto en la tristeza como en la alegría y a pesar de las circunstancias alabarle, por su amor eterno cada día.

El que nuestro espíritu decaiga y nos sintamos derrotados o abatidos se debe a la falta de fe, porque hacemos pequeño a nuestro Señor Jesucristo quien nos promete ser nuestro fiel ayudador, nuestro pronto auxilio en tiempo de aflicción. Si hemos visto con nuestros propios ojos las misericordias del Señor ¿podemos entonces dudar de este Dios todo Poderoso? Su palabra nos dice en Juan 16:33 “estas cosas os he hablado para que en mi tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”.

Para Dios tributo toda Honra y Gloria  desde ahora y para siempre. 

Daniela Guajardo Bravo – Iglesia Metodista Pentecostal de Chile, Rancagua

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